mayo 20, 2018

Rosa Montero, la pluma que templa


Rosa Montero, en un momento de la entrevista.- Jairo Marcos

En las Facultades de Periodismo y en las redacciones de los medios de comunicación insisten en buscar factores de actualidad que justifiquen la publicación de un tema. Entrevistamos a Rosa Montero (Madrid, 1951) porque su obra literaria y periodística ha sido determinante en la vida de la persona que firma este texto. Si bien no es una razón objetiva es la única verdad. Sus libros están traducidos a más de veinte lenguas, pero para lengua, la suya. Quedamos en la cafetería de un hotel en Bilbao, ciudad que visita para impartir una conferencia sobre Marie Curie. En una de sus últimas novelas, La ridícula idea de no volver a verte, homenajea su figura rescatando el diario que ésta escribió tras la muerte de su marido. Dice Montero que esos diarios son un “incendio de palabras”, pero su novela calma como no calma el fuego a quienes nos enfrentamos a algún duelo. La obra literaria y periodística de Montero es tan extensa y compleja como accesible, tan heterogénea como universal, tan cotidiana como abstracta. Cultiva la ciencia ficción literaria con la misma destreza que el periodismo diario que ya no ejerce; ejemplo y espejo para toda una generación, Rosa Montero es un clásico, muy viva, de los que se estudian ya en Literatura.

Habla rápido, pero no parece tener prisa. Dice que está cansada de viajar mientras sonríe contando los planes que tiene para su próximo viaje a China. Su voz y su pluma templan.

¿Cuál es el panorama del periodismo en el Estado español?

El periodismo está fatal en todo el mundo porque no hay manera de sacar rendimiento al nuevo modelo de mercado. Durante un tiempo parecía que los digitales podrían ser autosuficientes, que podrían ganar dinero con la publicidad, pero ya se sabe que no. Esto ha llevado a una escalada, a un alud, de cosas catastróficas. Tengo una memoria muy mala, cito de la memoria, pero leí algo así como que en los últimos diez años han desaparecido el 80% de los diarios del mundo occidental. Imagínate lo que supone eso en cuanto a pluralidad informativa. No hay un solo medio que sea objetivo. No existe. Una democracia fuerte, para que haya libertad de expresión, necesita de muchos medios fuertes, de muchas tendencias distintas. Es la única manera de que todas las verdades salgan a luz. Además, en España, por ejemplo, los medios de comunicación fueron el segundo sector más afectado por la crisis. El primero, el ladrillo. El segundo, los medios de comunicación. Es para morirse porque tampoco es un sector tan potente, ni que mueva a tantísima gente. Sin embargo, ha sido el segundo que ha perdido más empleos durante los años de la crisis. ¿Qué implica esto? Que ahora, los pocos medios que quedan, se sacan adelante con una tercera parte de la plantilla. Esa gente tiene que hacer cuatro veces más trabajo porque tienen que escribir para el papel, para los digitales, hacer los vídeos… Ya no existen prácticamente correctores en ningún medio y su ausencia se nota muchísimo. No te digo ya en las versiones digitales, que meten a becarios haciendo, haciendo, haciendo y salen unas barbaridades impresionantes.

Esos medios que se dedican a contarnos qué está pasando en Twitter, por ejemplo.
Sí, sí, sí. ¿Desde cuándo ha sido un periódico eso?

Pero ha habido una eclosión de nuevos medios…

Pero con una estructura muy chiquitina, muy precaria, que duran dos días. La vida se intenta abrir paso…, pero, espera, que no te he terminado de contar lo que me parece nefasto. Los periodistas ahora tienen que hacer muchísimo más trabajo y así no se puede hacer buen periodismo. Se está despidiendo a gente con mucha experiencia y contratando a gente con sueldos de esclavitud. Así no hay manera de hacerlo bien.

¿No tienes nada de esperanza?

Soy optimista. Dicen que el pesimista es aquel que piensa que estamos en el peor momento posible y el optimista el que piensa que podemos aún caer más.

(Risas)
Yo creo que los medios de comunicación fuertes son tan importantes para una sociedad democrática que la situación se arreglará o se encontrará un equilibrio. Parte de esos intentos de equilibrio y vitalidad social son esos montones de medios pequeños, que, por otro lado, están llenos de problemas económicos, de mantenimiento. Se hacen medios de manera heróica: sin ganar un duro, echando un montón de tiempo… y eso hace que no sean estables. Llega un momento en el que la gente lo tiene que dejar porque tiene que comer. El fenómeno es culturalmente interesante, pero la alternativa de medios no es suficientemente fuerte.

¿Y este modelo de medios que nos financiamos con nuestras lectoras y lectores? Quizá, a la cabeza, eldiario.es, pero también Público ahora, El Salto o nosotras mismas.

Sí, yo los financio también y, en muchísimos casos, no estoy para nada de acuerdo, pero es necesario que haya pluralidad. Pero no estoy hablando tanto de estos, o no solo, sino de revistas especializadas, del periodismo cultural… Además, los medios están cada vez más en manos de bancos. Más que nunca. De grandes empresas que imponen sus criterios. Luego, además, están dando palos de ciego porque para intentar vender, equivocadamente, se hace mucho más amarillismo, mucho más sensacionalismo que antes. Equivocadamente, digo, porque creo que eso no vende.
Venga, sigue.

Hemos hablado de la precariedad, ¿esto afecta también a grandes firmas como la tuya?

A mí me han quitado un gran pellizco. He visto cómo ha ido bajando, bajando, bajando todo. He vivido el periodismo de las vacas gordas. No me refiero a que tú ganases muchísimo sino a que te podías pasar dos meses haciendo un reportaje. No era lo más habitual, pero si era un tema que interesaba podías estar dos meses trabajando en él, viajando para buscar datos en el extranjero…

Eso es impensable ahora.

La cosa está fatal. En España, en otros países no lo sé, en los últimos 20 ó 25 años se produjo un fenómeno creciente muy perverso: la identificación de medios con determinados partidos políticos. Eso es una catástrofe. Los medios han agrandado y distorsionado el debate político real. Han llenado los periódicos de noticias políticas que le importan a la gente un carajo. Una cosa es la política, o mejor dicho lo político, que eso evidentemente nos tienen que importar a todos porque es la gestión de nuestra vida pública y en definitiva de nuestra vida; y otra cosa es la política de la que hablan: las peleas entre barones a ver quien tiene el poder. ¿Cuántas páginas ocupan en los periódicos esas historias? ¿A ti te interesa eso? A mí para nada. NADA. No sé cómo explicarte. Esa no es la vida. Sin embargo, en ese mundo del pequeño poder donde se mueven… eso ha tenido un efecto perverso. En los medios de comunicación y la sociedad. Nos ha vuelto tarumbas a todos. Ha falseado la discusión política. Un desastre.


Rosa Montero: “El periodismo, aunque me gusta muchísimo, es una profesión; la ficción es mi manera de vivir por dentro, la estructura que me mantiene en pie” .-Foto: Jairo Marcos

Pero hay compañeros y compañeras haciendo un buen trabajo, ¿cómo convencer a la ciudadanía para que apueste y pague por un periodismo de calidad?

Eso está perdido. Está muy arraigada la idea de que todo tiene que ser gratis. No hay ningún respeto en esta sociedad por la propiedad intelectual. Ninguno. Cero. Yo estoy harta, llevo años, décadas, peleando contra esto y aguantando que te digan: “Perdona, encima que te diviertes, ¿quieres que te paguen?”. Lo he oído dos mil veces. Es alucinante.

¿Hay un exceso de opinión en los medios de comunicación?

Es lógico que la gente vaya a los medios a buscar la digestión de la noticia, algo más reposado. La noticias se mastican y se escupen como una aceituna al segundo de producirse. Los medios de comunicación son en realidad el sustituto del ágora pública. Antes, en las sociedades más pequeñas, la gente se reunía, discutían, exponían sus opiniones, se peleaban y se llegaban a acuerdos. La vida común es eso: llegar a acuerdos y a consensos. Los medios de comunicación contribuyen a ello y, por eso, son tan necesarios. Eso sí, es muy difícil convencer a alguien que no esté previamente en tu nebulosa de pensamiento de algo. Puede que le aclares las cosas, pero hacerle cambiar completamente de idea es muy difícil porque somos todos borricos. Una de las grandes funciones de los medios de comunicación es generar debate público. Lo malo es cuando se crean debates ficticios en base al sensacionalismo. Acuérdate siempre de cómo empezó la guerra de España contra Cuba.

Pero, ¿algo así sería posible ahora?

Está siendo posible. No sólo es eso que llamamos la postverdad, sino que las redes están completamente llenas de un guirigay de mentiras, que tienen una influencia importantísima. Todavía no hay manera de medir esa influencia de una forma científicamente objetiva, pero, sin duda, es muy grande: en el Brexit, con el triunfo de Trump, con lo que está pasando en Cataluña. Estamos sometidos al guirigay aturdidor, exaltador de los bajos instintos, relacionado con todo lo que no es la razón ni la información. Justo todo lo contrario. Somos sujetos indefensos ante las campañas de publicidad. Las mentiras que manejan con publicidad arrasan cabezas.

¿Intentas hacerle frente a esto con tus textos?

Ahora menos. Antes tenía un artículo de última, que sí que estaba muy pegado a la realidad. Ahora sólo tengo un artículo, que me encanta, pero que tengo que cerrarlo y entregarlo 15 días antes de que se publique. Es difícil porque no sabes qué va a pasar en este mundo tan cambiante. Intento aportar algo de cordura, enfriar el entorno y enfriarme yo misma porque todas estamos sujetas a esa manipulación. Intentas justo esto [muestra su tatuaje, escrito en latín]: ‘Sapere aude’, atrévete a pensar.

¿Te sientes más expuesta con las redes sociales?

La verdad es que no. Tengo una relación muy buena en redes, sobre todo con el Facebook porque a Twitter prácticamente no entro. Me parece un lugar muy gritón y violento. De todas formas, últimamente estoy preocupada. Soy supertecnológica, me gusta mucho la tecnología de toda la vida, por eso escribo novelas de ciencia ficción, me gusta la ciencia, me gusta la divulgación científica muchísimo, pero… estoy preocupada por la utilización terrible de las redes, por los linchamientos. Parece que están ganando los matones del patio del colegio.

¿Cómo te posicionas ante los debates sobre el uso no sexista del lenguaje?

La lengua es un organismo vivo y la sociedad es obviamente sexista, así que la lengua es naturalmente sexista. Es la piel de la sociedad y sigue a los movimientos sociales como la piel sigue la carne. Si un cuerpo engorda la piel se estira y la lengua sigue exactamente esa lógica. En tanto en cuanto la sociedad siga siendo sexista, el lenguaje va a seguir siendo sexista. Por otro lado, de este símil también se deduce que la lengua es algo orgánico. Tú no lo puedes mandar por decreto porque no funciona. Me parecen complementa abocadas a la inutilidad esas cosas tan ortopédicas como repetir todo el rato amigos y amigas, hermanas y hermanos. Me pone de los nervios y me parece imposible, inútil y sin futuro porque no lo vamos a hacer nadie. La lengua aspira a ser elegante, concisa. Eso sí, hay una necesidad social de ir deconstruyendo ese sexismo en la lengua. Está sucediendo. Por ejemplo, ‘señorita’ ya no se dice.

Bueno, quizá Pérez Reverte sí…

Bueno, pero siempre va a ver gente… en fin, tradicional, pero no, no creo que diga señorita tampoco él. Esto es probar, hacer propuestas, si funciona bien… sino hay que buscar otras fórmulas. Mira, cuando empezaron las nuevas tecnologías hubo una propuesta de llamar ‘emilios’ a los correos electrónicos. No estuvo mal como idea, pero no cuajó.

Has hecho más de 2000 entrevistas. Hay algo que me inquieta: ¿Las has transcrito todas tú?

Todas. Todas. Eso era la pesadilla…, la puta pesadilla. Bueno, además, en inglés, en francés, en italiano… Tremendo, tremendo, pero el momento de la transcripción es importante porque refrescas cosas de la entrevista y pillas otras que no habías pillado en el momento. Es tedioso a más no poder, pero te proporciona datos importantes.

Ahora ya no haces entrevistas. ¿Te has quedado con las ganas de pillar por banda a alguien?

Estuve años persiguiendo a Gorvachov, justo cuando estaba deshaciendo la Unión Soviética. Me parecía un personaje fascinante, de tragedia griega. Me dijeron que me darían la entrevista, pero cuando hizo el primer viaje a España, le entrevistó Cebrián.

¿Hay alguien a quien no entrevistarías? En Pikara vivimos una situación muy difícil porque muchas lectoras no entendieron que entrevistasemos a Amarna Miller.

A mí lo de la actriz porno me parece muy bien, que conste. Una vez conseguí no entrevistar a Jesús Gil, un personaje nefasto, un facha populista, un tipo al que a mí me parecía que no era de recibido entrevistar en la entrevista principal del dominical de El País, que no son entrevistas informativas sino de recorrido, de vida.

¿Cuáles son las líneas rojas?

Puedes entrevistar a grandes monstruos. Yo lo he hecho, pero si hay un interés, que no es el caso de Jesús Gil. ¿Para qué le íbamos a dar un lugar de reconocimiento público a alguien que a mi me parece que es un ser nefasto? ¿Para darle publicidad? He entrevistado a Nixon, que era un monstruo, pero no le daba un reconocimiento público con la entrevista.

En su tatuaje, ‘Sapere aude’, atrévete a pensar.- Foto: Jairo Marcos

A lo largo de tu trayectoria periodística, ¿has molestado a los tuyos?

Montones, montones y montones de veces. Uno de los lemas de mi vida siempre ha sido intentar pensar por mí misma y no ampararme en la idea del grupo. Es mucho más cómodo hablar de acuerdo a lo que opina tu grupo natural. No lo he hecho jamás y he tenido muchísimos problemas toda mi vida. A veces, en algunas épocas, tremendos. Empecé, cuando éramos cuatro y en El País nadie, a criticar al PSOE por todo lo que estaba pasando con los GAL y todo el mundo me puso a parir. Esa etapa fue muy dura porque amigos, no los más íntimos, pero sí gente querida, prácticamente me retiró el saludo.

¿Y merece la pena?

Sí, no sólo merece la pena sino que te permite conocer otros mundos y no geográficos sino interiores. Enriquece mucho. Creo que es obligatorio hacer ese esfuerzo, de pensarse por sí mismo. Decía Einstein que un buen científico necesita pensar diez minutos todos los días lo contrario de lo que piensan sus amigos. El mejor elogio que me han dicho como periodista fue un día, hace ya 15 años por lo menos, que un tío que no conocía y al que no he vuelto a ver, que creo que no tenía nada que ver con mis ideas, me dijo: “Me gusta leerte mucho. No siempre estoy de acuerdo, para nada, pero me gusta leer tus artículos porque tengo que leerlos hasta el final para saber qué opinas mientras que de otros articulistas me basta ver el tema que tratan y quiénes son para saber qué van a opinar”. Me sentí muy orgullosa, la verdad, porque es un esfuerzo.

¿Por qué periodismo?

Estudié Periodismo y Psicología. Periodismo porque escribía desde pequeña. Casi todos los novelistas hemos empezado a escribir de niños. Yo mis primeros cuentos los escribió con cinco años: historias de ratitas que hablaban. Mi madre los fechó y los guardó. Siempre he escrito, desde que me recuerdo como persona, me recuerdo escribiendo y, como tenía esa facilidad para la escritura, pensé en dedicarme al periodismo escrito. Por eso y porque tengo una curiosidad inagotable y pensé que el periodismo me podría permitir seguir aprendiendo toda mi vida. Cosa que es verdad. Tenía también mucha ilusión por viajar y pensé que el periodismo me lo permitiría y, la verdad, me he hartado de viajar. Pero, al mismo tiempo, estudiaba Psicología porque pensaba que estaba loca, como el 98% de los psicólogos. No es mala cosa porque tienes más empatía con el paciente. El otro 2% son hijos de psicólogos y lo tienen mucho peor.

(Risas)

¿Cómo ha influido el periodismo en tu literatura y viceversa?

El periodismo escrito es literatura. A sangre fría [de Truman Capote] es un reportaje y es literatura de primer orden. La pregunta entonces sería, y perdoname que te corrija, ¿cómo ha influido la ficción en mi manera de ejercer el periodismo? De ninguna de las maneras. De la misma manera que puede influir la poesía en el ensayo o el ensayo en la poesía. A Octavio Paz no le preguntaban cómo se las apañaba para hacer poesía y ensayo y mira que son distintos. Sin embargo, lo del periodismo y la ficción todo el mundo me lo pregunta. Es muy raro que un escritor cultive sólo un género. Yo me considero una escritora que cultiva la ficción, el periodismo y el ensayo. El periodismo, aunque me gusta muchísimo, es una profesión; la ficción es mi manera de vivir por dentro, la estructura que me mantiene en pie. Son géneros muy distintos todos y hay que saber los límites porque sino los haces mal. Si tú haces un teatro ensayístico probablemente sea un peñazo de teatro; si haces un ensayo poético, probablemente, no será un buen ensayo porque será, seguro, equívoco, no sabrás cuál es la parte de verdad notarial y cuál no; si haces una novela periodística será mala porque será superficial. En periodismo la claridad es un valor y en la novela, la ambigüedad. El periodismo se habla de los árboles y en las novelas, del bosque. No tienen nada que ver: son niveles distintos de relación con la realidad, es hablar dos idiomas.

Tus textos son un clásico de la selectividad. ¿Cuántos estudiantes te escriben para preguntarte cuál es el tema de tus artículos?

Me odiarán generaciones y generaciones 

(Risas)
Es divertido. Los textos, cuando los sueltas, toman su propia vida.

Fuente: Pikara

Puño en Alto

Miss Bolivia está de doble estreno: mientras el video de su tema “Paren de matarnos” no para de cosechar visitas en YouTube (ya tiene casi dos millones), salió su primer libro Ni cabida. Cómo sobrevivir a la gilada (Planeta), una especie de diario íntimo de esta artista de la disidencia y el agite feminista. Concentrada en hacer que su obra y su mensaje lleguen cada vez a más gente, Paz Ferreyra, la Miss, aceptó sentarse en lo de Mirta Legrand, convocó a actrices famosas para el clip y abrió las hojas de su mundo privado narrando una experiencia de aborto en primera persona, como manual de supervivencia pero también como estrategia, en un momento en que la amplificación de voces antipatriarcales necesitan más volumen que nunca.


Imagen: agustín mercado

“El amor me angustia. Como una pesa en el pecho que deviene mariposas, y de nuevo pesa. Plomada. Yunque. ¿Qué carajo es el amor? Ese amor que me enseñaron. El de la tele y los cuentos. Ese amor que me hizo mal, como el de la familia Ingalls. Me cago en Laura, en Mery y en Carolain. Me cago en el romance, tijera infame que cortó mi molde cuando era libre de mente, de cuerpo, de emociones” escribe Paz Ferreira, alias Miss Bolivia, en el apartado sobre el amor que le dedica en su primer libro Ni cabida. Cómo sobrevivir a la gilada. Pero mientras esta nota es publicada, la Miss recorre China de la mano de su pareja, con quien se casó legalmente el año pasado y a quién le dedica el libro. De él habló en la mesaza de la Legrand, así como del amor lesbiano y los anillos geniales que se consiguen en Once frente a los ojos fascinados de la diva. Y de esa contradicción que la habita cuando se trata de narrar las penas y pasiones que nos dejó la crianza centrada en el romanticismo, el sacrificio, los celos y la posesión. “Nos sale muy caro a las mujeres fumarnos esos cuentos. La familia Ingalls nos cuesta mucha plata de terapia. Pero bueno, también es verdad que cuando estoy bien no me salen las canciones” dice y vuelve sobre los temas que despliegan la locura del desencuentro. “En el mar” cuenta la historia real de un amor de verano al que ella vuelve a buscar y “ya estaba con otra sirena”, “Cagón” es la trama que se desenvuelve con un tipo comprometido que le da bola pero no se juega nunca (“Sigo esperando y no me llamás. Pero yo creo, bien en el fondo, que eso nunca te va a pasar”) y su clásico “Tomate el palo”, donde la infidelidad separa a una pareja y lo deja a él con la cama helada pero ella ya está empoderada como para perdonar. En la vida real, la Miss habla de su matrimonio con el brillo en los ojos de quién sufrió lo suficiente para entender que esta es una vuelta más, que no tiene por qué ser la definitiva pero sí es digna de disfrutar como si fuera la última. “El matrimonio es lo más. Eso sí: hay que trabajarlo mucho, y en eso estamos” cuenta de su relación con Emmanuel Taub, a quien conoció en una cata de vinos. 

Pero vos decís que el amor siempre te hace sufrir…

–Creo que también en las parejas hay un laburo de espejeo todo el tiempo. Lo que duele a veces es verse reflejado en el otro y la pareja es un trabajo de evolución constante. Nosotros lo re hacemos. Cada uno tiene su mambo. Los dos laburamos en casa por momentos y está buenísimo compartir mundos y no: a mi estudio hay que tocar para entrar por más que esté en casa. Esa barrera de lo laboral me ayuda. Y a las giras él viene cada vez que puede. Creo que desde un principio me quiso fuerte, empoderada, al frente. Igual es un laburo estar conmigo pero yo creo que él admira eso de mí. Y yo lo admiro a él, eso es un motor. Es mi marido feminista. ¿Será posible decir eso? No sé qué término usar pero algo así es y acompaña mi militancia.

¿Te topás en la convivencia con machismos de los que creías ya estar a salvo?

–A veces sí y supongo que tienen que ver con la herencia, pero al toque identificamos y corregimos. Yo tengo deadlines, tengo que grabar y él se ocupa de nuestra casa, cien por ciento. Los roles de lo que sería proveedor/a van cambiando. El dinero es re importante, es un circuito de poder y en nuestro caso no hay rollo con eso pero entiendo que eso no es lo más común. 

¿Cómo surge la idea de hacer este libro álbum?

–Yo venía haciendo una compilación de lo que eran para mí mis mejores tuits. Los estuve compilando como un año y los fui separando, tipo tratado, por contenidos. Al ver todo eso empecé a identificar los temas: el amor, el odio, la muerte, el tiempo, etc. Al año se contactaron de Planeta para ofrecerme hacer un libro con ellos y yo tenía dos cosas: esto de los tuits y también estaba empezando a escribir cuentos infantiles. Todo iba por la mitad y bueno, decidimos ir con este primero. Ya publicaré los infantiles. 

Tenés uno sobre el aborto, y en este momento que circule ese tipo de relatos es muy importante.

–Sí, es uno de mis preferidos. Lo más loco es que si me pasara eso ahora, que pasaron 22 años, sería lo mismo. Cada año posteo el mismo párrafo en las redes, le voy cambiando el “hace tanta cantidad de años” pero siempre la reflexión es que sería igual. Ahora tengo esperanzas de otra cosa, estamos en un momento de efervescencia total, que el aborto esté en agenda y con la participación de tantos actores sociales y tan diversos me encanta pero hasta hace poco no era así y es muy loco. Está buenísimo que haya gente que cambió su visión, haber encontrado otro tipo de posiciones que no son las polarizadas. Hay una evolución y eso me da mucha esperanza. 

¿Desde cuándo te enunciás como feminista?

–Fue decantando. Si miro para atrás, toda mi producción, incluso la previa a Miss Bolivia, dando clases o escribiendo papers, en todas está mi feminismo. Desde que fui una estudiante universitaria me empecé a sentir feminista pero durante un montón de tiempo decía que no lo era, pero sí vivía como feminista. También me hago la pregunta de qué es ser feminista porque hay un montón, un abanico enorme, y lo que hay son feminismos. A mí la rigidez no me gusta, en cambio pensar en la multiplicidad me relaja. Tal vez por eso yo no quería meterme en esa categoría conceptual, pero cuando empecé a darme cuenta que hay múltiples formas de ser y devenir feminista, hace seis años más o menos, soy feminista. En estos años pensé, aporté y fui crítica para poder terminar con la desigualdad social vinculada al género. Esa para mí es la pregunta fundamental, por qué la desigualdad. Y después deconstruyendo los propios guiones, creo que eso me hace feminista. Y pensando en Miss Bolivia, yo hablo de todo en mis canciones, pero siento que puedo asumir la responsabilidad como comunicadora de priorizar esos contenidos por sobre otros y la visibilidad que te da el micrófono. Poblar esos espacios en forma activa es mi modo de militancia.

pamela brunfman

En esa línea es que decidiste sentarte a la mesa de Mirta por más que sea la gilada.

–Sí, me lo re criticaron. Yo pienso que está buenísimo sentarse a charlar con quienes pensamos igual, lo hago todo el tiempo. Pero ir a sentarte con la otredad, ese también es un re laburo. No digo que todos los artistas lo tienen que hacer, pero salir del loop y utilizar el prime time para generar ciertas preguntas críticas, eso para mí es arremangarse. 

Creo que además la fascinaste a ella…

–A las dos horas de irme me mandaron un whatsapp que decía “la señora está encantada, quiere volver a agradecerte porque estuvo buenísimo”. Y es verdad porque hablamos de identidades sexuales, de violencia policial, de monogamia, de amor universal, y después estuvo la perfo de la ropa, y eso también me pareció abrirme y decir “soy esto y está todo bien”. En un momento ella me dijo qué bueno que me animara a contar que era homosexual, y yo le dije que no sé de etiquetas, que las formas de nomenclar al amor no me van. Ahora tengo un marido que es varón pero no sé, me encantan las mujeres, ahora me encanta él pero no lo puedo categorizar. Y ella dijo “qué bueno, gracias por abrirnos la cabeza”. Yo no me siento a hablar en la mesa con un genocida pero puedo hablar con la señora. 

¿Qué dirías de esta vuelta tuya al amor y a la pareja estable un poco más reparada? ¿Es posible disfrutar o sigue siendo sufriente?

–Siento que el amor tiene al dolor en su paquete, y eso es parte de arrastrar guiones muy pesados, mochilas que tienen que ver con formatos de cómo amar. Pero haciéndonos preguntas yo creo que se puede ir mejorando, o desprogramando lo heteropatriarcal que tiene el amor y esa cuestión de la complementariedad que también es re tóxica y desempoderante. Para mí el amor es del orden del exceso porque no es que hay algo que te falta, vos ya estás completa, entonces lo que da el otro o la otra es plusvalía. Yo creo en el amor multiplicador, no en el de las novelas y con el que crecí, que es un amor donde el poder juega un rol protagónico, por más que siempre se juegue el poder, no creo en el poder que crea desigualdad en los vínculos. Y cuando es así también es violencia de género. Creo que esa forma de amor dominadora es muy funcional al capitalismo y bueno, en el capitalismo vivimos, por eso es tan complejo desarmarlo. Para nosotras es muy caro.

Aun como feministas empoderadas. Por eso, calma y respira, como dice tu tema…

–Sí. Siempre hay huellas, sedimentos. Yo creo que identificarlo ya es un montón, porque podés negarlo, o entrar en la vagancia de naturalizar el control, pero si hay disposición de ambas partes de hacer ese laburo, está buenísimo.

Vos decís “a los que se reían de mí, ahora yo me río”. ¿A quiénes te referís?

–Es un interlocutor más genérico. Yo la pienso como un big brother a la gilada. La gilada tiene que ver con el deber hacer, que para mi siempre fue coercitivo, por eso el arte es en si mismo un poco anti gilada, pero también creo que al principio de mi carrera, como le debe pasar a un montón de gente, y más si venís a romper un poco el patrón de circulación más mainstream, había un montón de resistencia, y hubo una subestimación. Siento que diez años después miro para atrás y veo que siempre laburé como una hormiga, me encuentro en lugares que me generan orgullo, y eso es también para la gilada. No desde el resentimiento, pero sí como posición de dejar de criticar y mirarse. 

Para mí la gilada es el varón heterosexual que no quiere perder privilegios. Y por eso la violencia machista va en aumento, al mismo tiempo que aumenta nuestra resistencia. 

–Sí. Desde un piropo a un femicidio, el abuso de poder existe y desenhebrando todo eso creo que hay que empezar desde lo más chiquito. Yo creo que ellos tienen mecanismos de defensa, los mismos por los cuales nos dicen feminazis o nos desestiman. Y se sube la vara de la violencia. Yo como psicóloga no puedo evitar pensarlo como un cuadro psicopatológico social al patriarcado. Y creo que, como en cualquier psicopatología, con el trabajo te vas acercando a los síntomas más enmarañados, y se recrudecen los síntomas. Es muy profundo lo que se está moviendo, y eso se traduce en violencia, en ninguneo. Pero igual hay que seguir. Si pensás en el cupo femenino en recitales, se están rescatando un poco pero los directivos de las altas esferas de la música son varones. También quienes salen en la radio. Pero yo creo en la reparación y eso está cambiando. 

En el video de “Paren de matarnos” incluís representantes históricas de la música con jóvenes actrices y activistas que vienen denunciando y luchando como feministas. Es muy hermoso verlas a todas juntas, cantando lo que ya es un himno de todas. ¿Cómo surgió la canción? 

–Por las mendocinas asesinadas en Montañita, Ecuador (María Jose Coni y Marina Menegazzo). Yo estaba muy atenta a la búsqueda, la repliqué y cuando finalmente dieron la noticia de la aparición de los cuerpos, tan violentados, me generó una angustia especial, directa en el cuerpo. Para mí fue la gota que rebalsó el vaso, yo ya venía re angustiada porque siempre me involucro pero esta vez me quedé dura de la ciática, no me podía mover, me tuvieron que llevar al hospital. Estuve en reposo absoluto dos días y ahí pensé si “no escribo acá me va a pegar más en el cuerpo”. Entonces escribí “Paren de matarnos”. Y decidí escribirla en esa primera persona, desde el lugar de víctima. Me preguntaba ¿quién soy yo para relatar esto? pero me inspiró para seguir el hecho de que cada vez que matan a una nos están matando a todas, a cada una de las que quedamos. 

En la canción decís “me matan y conmigo se muere mi mamá”, y justo murió la mamá de María José Coni…

–Sí, y yo eso lo viví en Cromañón, esa escena, ese shock. Y es muy difícil de simbolizar, de escribir. Así que “Paren de matarnos” la recité durante un año pero sin música, como un relato. Lo empecé a decir en mis shows. Después lo grabé y lo publiqué en las redes y lo levantaron de un montón de medios, se hizo viral. La gente me agradecía. El año pasado, cuando estaba cerrando el track list de Pantera dije “esto tiene que ser canción”. Empecé a probar ritmos y estilos, era muy difícil el contenido: la cumbia no va, el reggae le ponía buena onda, así que fue volver un poco a mis orígenes de punk rocker e ir con las violas distorsionadas, con las baterías potentes y así salir con la canción. Estoy súper contenta porque refleja la emoción que yo sentía cuando la escribí.

¿Se te ocurrió a vos la idea de convocar figuras? Están Calu Rivero, Teresa Parodi, Nancy Dupláa, Celeste Cid, Mariana Baraj, Sandra Mihanovich, Hilda Lizarazu, entre muchas otras…

–Sí, yo soy muy controladora y necesito estar encima de todo. Así que hay una identidad audiovisual de Miss Bolivia: la luz, la coreografía, la locación, pero esta vez necesité incorporar dos registros más. Uno era el documental y el otro el testimonial. Siento que esa canción ya no es mía, no me pertenece. Eso me llena de orgullo y me motiva. Así que la cedo y para eso, para decir que es de todas, convoqué a esas otras voces y yo diluirme un poco. Entonces elaboré un protocolo tipo instructivo de un minuto para que cada una se grabe a si misma. Así que le asigné a cada una unas líneas y cada una lo hizo sola. El laburo artesanal fue la post producción, hacer dialogar los registros de lo nuestro y lo de las chicas, y cuando fuimos juntas a la marcha del 8M. Se hizo en diez días. 

“Calma y respira” es un himno feminista, un “estamos juntas” en momentos en que estás quebrada y te sentís sola.

–Sí, de hecho yo la compuse cantándomela a mí misma. He pasado momentos de mucha oscuridad y la música y la respiración me han sacado de las peores oscuridades. Hay muchas letras que me las canto a mi misma, de un modo medio mántrico, y después se convierten en canciones.

¿Qué te gustaría que pasara con el libro?

–Es mi primogénito. Me gustaría que a la gente le sirva y pueda identificarse. Me gustaría que lo agarren, lo abran en cualquier página al modo I ching y les cambie el día. Y volver a ser principiante me encanta. Siento que este libro me abre una nueva puerta. Ya vi cosas que cambiaría porque soy una obsesiva pero fue el puntapié inicial, salí de la zona de confort, y seguirá esa dimensión nueva que se abre.

¿Cómo son esos relatos para niñxs que dejaste de lado por ahora?

–Son cuentos que justamente tratan de deconstruir los guiones heredados que nos transmitieron en los cuentos tradicionales. Hacer estallar esas categorías del príncipe y la princesa. Hablo de infancias trans, de familias con dos mamás... Si pasa en la realidad, ¿por qué no va a estar documentado?

Fuente: Página/12

mayo 19, 2018

Un cuarto propio para la Biblioteca de Mujeres de Madrid. Entrevista con Marisa Mediavilla


Foto tomada por Carmen Cuevas

“No quiero que ninguna mujer llegue a los treinta años como yo: sin saber quiénes fueron Clara Campoamor y Carmen de Burgos”. Esta fue la respuesta de la bibliotecaria Marisa Mediavilla cuando le pregunté por qué creía necesaria la existencia de las bibliotecas de mujeres. “Porque soy mujer y las he echado de menos”. Antes de que se le pasara por la cabeza la idea de crear la Biblioteca de Mujeres de Madrid, a sus treinta años, Marisa comenzó a recorrer las librerías y mercadillos de viejo de la capital buscando libros escritos por mujeres. “Si llegaba otra guerra civil, al menos yo tendría aquellos libros. Viví esos años con la sensación de querer hacer acopio por lo que pudiera venir”. Salió de la universidad sin que nadie le nombrara a ninguna autora. “Recuerdo que empecé a leer la vida de Emilia Pardo Bazán y una biografía de Concepción Arenal escrita por la Condesa de Campo Alange. Tenía alrededor de treinta años y era entonces cuando empezaba a preguntarme el porqué de ciertas cosas. Sentía la necesidad de aprender como mujer. Desde pequeña siempre había tenido dos cosas claras en la vida: que no me iba a casar y que no iba a tener hijos”.

¿Por qué ese silencio en torno a la obra de las mujeres? En su ensayo Sobre mentiras, secretos y silencios (1979), Adrienne Rich escribió que uno de los mayores obstáculos que encuentra cualquier escritora feminista consiste en que cada trabajo feminista, tiende a ser percibido como si saliera de la nada, como si cada escritora no hubiera vivido, pensado y trabajado con un pasado histórico, con una genealogía a la que agarrarse. De esta forma, según Rich, el trabajo y pensamiento de las mujeres resulta esporádico, errante, huérfano de cualquier tradición propia.

Mientras conversamos, Marisa recorre las estancias de su casa en el barrio de Malasaña sacando de armarios y estanterías algunas de las singulares obras de la Biblioteca de Mujeres que esperan pacientemente un espacio propio. “El proyecto nació ante la inexistencia de centro públicos especializados en el tema. Eso suponía que la información necesaria para cualquier tipo de trabajo o investigación sobre mujeres estaba dispersa, perdida en fondos generales, o no existía. Localizarla y reunirla constituía un esfuerzo enorme, que debía repetirse una y otra vez. Se trataba, por tanto, de crear un espacio donde la información pudiera acumularse y ser recuperada y difundida posteriormente”. Entre los miles de volúmenes que Marisa guarda en su casa destacan los únicos ejemplares que se conservan en España de la revista Redención, una de las primeras publicaciones feministas creada en Valencia en 1915 con el lema “Ven mujer, ven a nosotras y laboremos juntas por nuestra CULTURA y nuestros DERECHOS”. Si le pido que me confiese cuál es el libro que con más admiración atesora, no lo duda: una primera edición de La mujer moderna y sus derechos (1927) de Carmen de Burgos.

La Biblioteca de Mujeres que Marisa quería fundar no era única en su especie. La primera en toda Europa la creó Francesca Bonnemaison en Barcelona en 1909. Después vendrían las bibliotecas de la Residencia de Señoritas de Madrid (1915) y la del Lyceum Club (1926). Ninguna de ellas sobrevivió al franquismo. Fueron desmanteladas y ocupadas por distintas instituciones falangistas. Pero en 2003, gracias al trabajo de los colectivos feministas, la biblioteca de Bonnemaison fue reabierta como el Centro de Cultura de Mujeres Francesca Bonnemaison, que pertenece a la Red de bibliotecas públicas de la Diputación de Barcelona y posee un valioso fondo de obras entre finales del siglo XIX y comienzos de la guerra civil. En Europa, a lo largo del siglo XX, abrirían sus puertas algunas bibliotecas de mujeres que todavía se conservan hoy, como The Fawcett Library en Londres (1926), con un fondo de más de 60.000 volúmenes; la Bibliothèque Marguerite Durand en París (1931), fundada con la colección particular de esta periodista y feminista francesa; y el International Information Centre and Archives of the Women´s Movement en Amsterdam (1935), con más de 65.000 volúmenes en su catálogo. Todos ellos son centros sustentados económicamente por el Estado, respetando su independencia y la finalidad con la que fueron creados. Si, como decía Rich, cada generación de escritoras debe enfrentarse a los mismos problemas, al mismo silencio, ¿cómo no va a ser importante la creación de centros de documentación y bibliotecas de mujeres que hagan visible y den a conocer nuestra genealogía?

Marisa confiesa que, “como mujer, la información que he necesitado y buscado no la he encontrado o me ha resultado difícil encontrarla”. Durante los treinta y dos años que lleva armando los fondos de la Biblioteca de Mujeres de Madrid ha tenido que enfrentarse repetidas veces con la misma pregunta: ¿para qué crear una biblioteca especializada si todos los fondos están en la Biblioteca Nacional? “Yo les digo que aplicando ese mismo criterio a todas las demás bibliotecas, no existiría ninguna biblioteca pública. Entonces, ¿sobran todas las demás bibliotecas? No. La biblioteca es un centro donde tiene que haber fácil acceso a los temas que la sociedad reclama en ese momento. Acercar a las ciudadanas y ciudadanos la información. Y las mujeres no tenemos ninguna biblioteca especializada. Y es lo que yo respondo siempre cuando me preguntan por qué una biblioteca: para saber quiénes fueron y qué hicieron ellas”. 

Todo comenzó en un local de la calle Barquillo, número 44, en el año 1985. Allí se reunían desde la muerte de Franco diversos grupos y asociaciones del Movimiento Feminista de Madrid, entre ellas las Mujeres Feministas Independientes de Madrid, de la que Marisa formaba parte. Cuando desaparece el grupo, Marisa comienza a crear la Biblioteca de Mujeres con esos títulos de su biblioteca personal que llevaba reuniendo desde principios de los 70. En 1986 se unió Lola Robles, filóloga y escritora, que formó parte del proyecto hasta 2001: “Integrarme en el trabajo de la biblioteca supuso para mí un modo de unir el feminismo y mi afición por los libros. Y personalmente me permitió conocer la literatura escrita por mujeres, de la que entonces no se hablaba ni siquiera en la universidad”. 

Sus fondos acumulan 30.000 volúmenes –21.000 catalogados y 9.000 sin catalogar–, unos mil títulos por año reunidos en los últimos treinta años en una colección única. El catálogo está compuesto por estudios y ensayos feministas, biografías, obras de creación literaria, literatura gris –folletos, sellos, tarjetas, aquellas publicaciones que pasan de mano en mano–, revistas, calendarios, tebeos femeninos y hasta algunas obras misóginas como Notas para un estudio sobre biología criminal de la mujer (Publicaciones de la Escuela de Medicina Legal, 1968) del doctor B. Aznar. Años de caminatas por el Rastro de Madrid, el Mercat de Sant Antoni de Barcelona, las librerías de viejo y las ferias del libro antiguo, además de numerosas donaciones de escritoras y mujeres anónimas que han creído en este proyecto desde su creación. 

“Al principio, era una biblioteca de préstamo, pero la gente se ofendía si le pedías que te devolviera el libro y, una vez, me costó tanto recuperar un ejemplar de El derecho positivo de la mujer (1901), que pasamos a ser una biblioteca de conservación”. Pero la utopía es otra. Marisa siempre intenta comprar dos ejemplares de cada libro pensando en el futuro: “uno para la biblioteca y otro para prestar”. “La biblioteca quería ser también un espacio de fácil acceso y sin trabas burocráticas para todas las mujeres, sobre todo para aquellas que por su falta de recursos o formación no pueden o no se atreven a acercarse a los centros públicos existentes. Y en lugar de encuentro donde se realizasen otras actividades para la difusión de sus fondos, y para dar a conocer la historia y la literatura de las mujeres”. Sin remuneración alguna, Marisa y Lola han trabajado incansablemente durante décadas para ofrecernos una genealogía propia. “La biblioteca es también el resultado de la colaboración de muchas mujeres que han pasado por allí durante estos años y de miles de horas no remuneradas”. 

El espacio de la calle Barquillo comenzó a quedárseles pequeño y acudieron al Consejo de la Mujer de la Comunidad de Madrid, una entidad formada por asociaciones de mujeres, para solicitar un espacio mayor en el que poder seguir ejerciendo su labor. Desde diciembre de 1997 hasta marzo de 2007, estuvieron en la calle Villaamil, número 12, sede del Consejo de la Mujer. Y aquí es donde comienza la parte más trágica de esta historia. En 2005, el Consejo se trasladó a un espacio donde no había sitio para la biblioteca y, como me comenta indignada Marisa, “la comunidad nos dijo que nos largáramos. Le pedí un año al Consejo para encontrar un sitio. Acudimos a la UNED, al Instituto de Investigaciones Feministas, a Caja Madrid, a la Red de Bibliotecas Públicas y nadie tenía espacio para nosotras”. Ahora Marisa se ríe recordando cómo siguió acudiendo a la biblioteca hasta que les cortaron la luz y debía entrar antes de que anocheciera sosteniendo un farol. “En marzo de 2006, solicité al Instituto de la Mujer donarle los fondos y en noviembre aceptaron la donación. Pero en marzo de 2007, la donación todavía no se había hecho efectiva y los libros seguían en Villaamil. Nos dijeron que si no los sacábamos, los iban a tirar. Pusieron hasta una guardia de seguridad para vigilar que nos lleváramos los libros de allí. El Instituto de la Mujer no tiene espacio y los libros se los llevaron a un depósito donde se guarda el material clasificado de las empresas gastando dinero público en almacenarlo”.

Lo que Marisa pedía sin cesar es que sacaran los libros del depósito del Instituto de la Mujer porque estaba convencida de que, si no los sacaban antes de la investidura del PP, destruirían todos los libros. En ese depósito siguieron hasta que, en enero de 2012, el Ministerio de Cultura les ofreció conservar los fondos en el Museo del Traje. A los libros del depósito había que sumarle 127 cajas con libros y carteles que Marisa había reunido en la calle Barquillo, donde siguió trabajando cuando las echaron del edificio del Consejo. Le pedí a Marisa que me llevara a conocer el espacio destinado a guardar los fondos de la biblioteca. Una parte está disponible para consulta en la propia biblioteca del Museo del Traje; otra, descansa en cada rincón de la casa de Marisa. Y el resto, miles y miles de libros, están en cajas de cartón cubiertas de polvo en los suelos del sótano del Museo del Traje. Y el panorama es desolador: allí tirados sin que casi nadie en este país sepa que España cuenta con una de las mejores bibliotecas de mujeres que hay en el continente a disposición de cualquier persona.

El local de la calle Barquillo cerró y ahora Marisa atiende las consultas de la biblioteca los martes y jueves de las seis de la tarde a las diez de la noche en una pequeña sala compartida con tres asociaciones más –Asamblea feminista, Genera y Católicas por el derecho a decidir– en el número cuatro de la calle Bravo Murillo. Esto lo hace todo mucho más difícil. Si alguien quiere consultar algún libro, debe enviar una solicitud por correo electrónico con los datos de las referencias bibliográficas y una fecha aproximada de visita y cuando le contesten, podrá revisar el material en la biblioteca del Museo del Traje de lunes a viernes en horario de mañana. Es necesario ser así de exacta con los datos porque lo que esto nos confirma es la dificultad que implica acceder a los fondos de la biblioteca. La biblioteca ni siquiera tiene web propia. Se accede desde dos lugares: la página web del Instituto de la Mujer y Mujer Palabra, el blog de su amiga Michelle que aloja sin coste toda la información disponible como una breve historia de la biblioteca, el listado de libros catalogados hasta el momento o el Tesauro de Mujeres que Marisa y su colaboradora Ricarda Folla elaboraron hace un par de años. 

En lo que va de 2017, Marisa y las mujeres que la acompañan en el peregrinaje institucional para pedir un espacio propio –Ana y Miren, libreras feministas de Mujeres & Compañía– se han reunido con Belén Llera, directora general del Ayuntamiento de Madrid, con Lucía Cerón, directora del Instituto de la Mujer, y hasta con Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid. La reivindicación es la misma: un espacio propio, independiente del Centro de Documentación del Instituto de la Mujer, dotado con recursos económicos y de personal especializado (mujeres feministas además de bibliotecarias y documentalistas con conocimiento especializados). Marguerite Durand –fundadora de la biblioteca que lleva su nombre en París desde 1931 y que se mantiene con fondos estatales– estaría completamente de acuerdo con Marisa a propósito de las particularidades que una biblioteca así precisa: “Es necesario que se sepa bien que esta biblioteca es de un género especial y que no serviría de nada poner al frente de ella a alguien incapaz de alimentar la documentación que es nuestra razón de ser, y que limitase su trabajo a colocar libros en los estantes y ordenar alfabéticamente las fichas de obras y autores”.

Es mayo de 2017 y las instituciones todavía no se han puesto de acuerdo. El Instituto de la Mujer no quiere deshacerse de la biblioteca y tampoco ofrece alternativas. En la última reunión que tuvieron con Carmena hace algo más de un mes, la alcaldesa “mostró interés”, en palabras de Marisa, por encontrar un edificio para alojarla. Marisa no alcanza a entender si es una cuestión económica o de desidia; al fin y al cabo, “el trabajo difícil ya está hecho y no hay que hacer una gran inversión en adquirir libros, pero sí en ir actualizándola. Propongo que, en lugar de comprar quince ejemplares del mismo libro para quince bibliotecas públicas, se compren quince libros distintos para la Biblioteca de Mujeres. Y también están las donaciones: cada escritora de este país mandaría su libro”. Ni siquiera el Premio Leyenda del Gremio de Libreros de Madrid que recibió el pasado año por su “apasionada e incansable búsqueda del legado literario de las mujeres” ha servido para despertar la conciencia de los políticos. 

De repente, lo que escribió Rich cobra mucho más sentido. El hecho de que la herencia literaria femenina haya sido fragmentada, silenciada y hasta borrada de la historia es algo que sigue ocurriendo. Si no hacemos nada hoy, puede que mañana el Instituto de la Mujer decida tirar los libros como ya quiso hacerlo el Consejo de la Mujer o que haya una inundación y los libros sean papel mojado en los sótanos de un museo. Quizá no haga falta ser tan tremendista. Desde 2007, la Biblioteca de Mujeres es casi inaccesible y si no hacemos nada quedarán tan sumergidos en las aguas de la historia como la vida y obra de tantas y tantas autoras. Rich no fue la única a la que le preocupaba el lugar que ocupaba nuestra genealogía literaria. La poeta catalana Maria Mercé Marçal también llegó a escribir sobre ello. No podía soportar la idea de que las obras escritas por mujeres quedaran “como suspendidas en el vacío, desvinculadas de cualquier genealogía y solo insertas de forma a menudo excéntrica en el universo cultural heredado, falsamente neutro”.

Fuente: La Tribu